Ante la partida de nuestro muy estimado compañero en la causa palestina, creo que es el momento en que corresponde agradecer el haber podido compartir con él tantas jornadas de trabajo en la Federación Palestina de Chile, con la cual comencé a colaborar a fines de la década de 1990, precisamente por el macizo trabajo que pude observar en la entidad y especialmente, el que realizaba Guillermo. No creo  exagerar al decir que a él le debo mi incorporación como director de la entidad, tanto por su ejemplo como por su permanente aliento a mi labor.

Como novato en esta faceta política, aprendí mucho de él, escuchando y leyendo sus intervenciones en distintos foros y conversando sobre las distintas facetas del drama palestino. Por otra parte, como corresponde, él era fanático del Club Deportivo Palestino, con presencia frecuente en los estadios. Al respecto, siempre mantuvimos una diferencia de opinión respecto de la autoría de la frase “¡Hijo de Sharon!”, a la cual recurría en el estadio cada vez que un árbitro saqueaba a Palestino  o se producía un foul descalificador en contra de alguno de nuestros jugadores. Guillermo siempre me aseguró haber sido él quien había acuñado ese grito propio del hincha incondicional y descontrolado; yo sostenía una versión diferente respecto de dicha autoría. Jamás pudimos ponernos  de acuerdo en el tema…

Amó entrañablemente a Palestina y a su pueblo; cada vez que visitó esa tierra sagrada fue acogido como un lugareño más y siempre se sintió como en casa. Escuchar sus relatos sobre sus vivencias con los familiares y conocidos en  Tierra Santa, “el blad”, era como revivir  nuestra experiencia con nuestras propias familias palestinas aquí en Chile.  En ese sentido, fue un fidedigno testigo de la conservación de nuestras más caras tradiciones palestinas en nuestro país, en especial, del valor sagrado e irreemplazable de la familia, el “hamule”, y de aquella intocable regla no escrita, en el sentido de que “el huésped es sagrado”.

Un antiguo aforismo árabe que escuchábamos cuando niños al comienzo del programa radial “El Clarín de la Patria”, en aquella aciaga década de 1940 para el  pueblo palestino, definía la esencia del saludo árabe con estas palabras: “Claro en el pensamiento, acogedor en el ademán, vehemente en el afecto”. Creo que el mejor homenaje a Guillermo es reconocer   cabalmente encarnadas en él dichas virtudes, lo que lo convirtió en un genuino palestino.

Suele afirmarse que todos los que se van de este mundo lo hacen con las manos vacías.  Sin embargo, estoy seguro de que no es ese el caso de Guillermo: lleva en sus manos “La Llave”; sí, aquel símbolo sagrado para todo palestino, que representa el propósito inconmovible de permanecer en la tierra que le pertenece, cualesquiera que sean las circunstancias desfavorables y cualquiera que sea el invasor. Y basado en sus creencias, me asiste la certeza de que ya estará presentando ante el Ser Supremo este poderoso argumento  en favor de nuestro pueblo ancestral, a fin de que ponga término a  este martirio de tantas décadas. Sí, hoy se ha sumado un nuevo abogado a la causa palestina en La Eternidad.

Manuel Hasbun Zaror