El autor Nayi Al Ali, quería simplemente que Handala expresara el dolor, la amargura, la valentía y el desamparo de los palestinos refugiados que nunca han renunciado a retornar a Palestina.

Cabeza gacha, manos entrelazadas a la espalda y dando la idea de ser un sabio, así es conocida la célebre ilustración, pero en realidad es un niño de entre diez y once años, la edad en que Nayi Al Ali, fue expulsado desde el pueblo de Al Shajara, Tiberiades junto a su familia por grupos terroristas sionistas en el año 1948, tras la creación del estado de Israel.

Al Ali relató que el nombre Handala, procede de handal, una planta trepadora con propiedades purgantes que crece en el desierto. Ese niño de diez años, tan solo un poco más pequeño que su autor cuando tuvo que exiliarse, es su alter ego y representa la resiliencia, la conciencia de la verdad, la innegociable dignidad de un pueblo que sufre la ocupación y la discriminación. Al Ali siempre decía que Handala solo crecería cuando regresase a su tierra.

Handala vio la luz en la época en Al Ali vivía en Kuwait, como una defensa contra aquella sociedad consumista en la que vivía, y lo definió como “un niño que no es guapo, con el pelo como un erizo, a sabiendas de que el erizo usa sus púas como arma. No es un niño gordo, mimado y acomodado. Es uno de esos niños descalzos, que me protege de los excesos y de los errores”. “Es la conciencia que no está dispuesta a ceder. No pierde nada porque es pobre, trabajador y desposeído”.

 

El objeto de su crítica y de su ira no es solo Israel, sino los jeques del petróleo aliados de Washington, los regímenes árabes, los poderes económicos, la burguesía palestina, la clase política árabe incluidos los funcionarios de la OLP. Demasiados enemigos para un artista armado tan solo con un lápiz y un cuaderno de dibujo.

Nunca fue un hombre político, aunque simpatizaba con el FPLP (Frente Popular de Liberación de Palestina), el grupo marxista y panarabista fundado por el médico cristiano George Habash en 1967, nunca se sometió a la “disciplina partidista”. Era reacio a la política que requiere alianzas, equilibrio de fuerzas, acuerdos, concesiones, diplomacia y búsqueda de apoyos incluso de aquellos de los que desconfías. Nayi Al Ali quería simplemente expresar el dolor, la amargura, la valentía, el desamparo de los suyos. Y su inquebrantable fortaleza.

Tras la invasión israelí, El Líbano se había convertido en territorio inseguro y hostil para un activista palestino. Y Nayi era un activista. De nuevo había que hacer las maletas y partir. Tras una nueva estancia en Kuwait de dónde fue expulsado en 1985, se instaló en Londres.

El 22 de julio de 1987 a las puertas del diario Al Qabas International, en el que trabajaba, un hombre se le acercó por detrás y le disparó a bocajarro en la cabeza. Tras cuatro semanas en coma, murió el 29 de agosto de 1987 en un hospital de Londres. Tan lejos de Palestina. Nadie reivindicó el atentado. Nunca se identificó a su asesino.

Handala se convierte en un símbolo no solo en Palestina, sino el todo el mundo árabe

El célebre autor de cómics Joe Sacco dice de Nayi Al Ali que “sigue siendo un héroe en el mundo árabe, en particular para los palestinos, que pronuncian su nombre con la misma ternura con la que mencionan a sus grandes poetas”.

Su vida transcurría en un campo de refugiados en El Líbano, donde pintaba en muros y paredes, hasta que el escritor Ghassan Kanafani, figura de renombre en el campo literario y en el activismo político, lo descubrió en una visita al campo para dar una conferencia.

Desde entonces Al Ali dibujó para diferentes periódicos árabes, pasó por varios países y terminó instalándose en Londres, donde alcanzó celebridad sin abandonar nunca su voluntad de visibilizar las injusticias a través de sus dibujos.

“Nayi Al Ali representa el sentimiento de dolor, impotencia e injusticia que creo que todo palestino lleva en su interior, el sentimiento de que el mundo les ha abandonado, de que no les escucha”, relata la periodista Teresa Aranguren, experta en Palestina, quien ha escrito un capítulo del libro Palestina. Arte y resistencia, destacando la figura de Al Ali.

El dibujante palestino se definía a sí mismo como un “realista alineado con los pobres”. Su tierra y su pueblo estuvieron en el centro de sus viñetas, pero con sus denuncias pretendía visibilizar todas las injusticias del planeta. Tuvo la voluntad de ser azote de las clases dirigentes y voz de las personas oprimidas. Para ello denunció la ocupación, el sectarismo religioso, la corrupción, los abusos contra los derechos humanos y el expolio de los recursos naturales. La revista Time dijo de él que “dibuja con huesos humanos”, y el diario japonés Asahi lo definió como un artista que “dibuja con ácido sulfúrico”.

Fuente: El País

Edición: Comunidad Palestina

 

“Día de la Tierra Palestina”